La inteligencia del corazón

Oct 08, 2014
Felix Hompanera V

R. A. Schwaller de Lubicz, un referente de la tradición esotérica occidental que ha sido alabado por unos y criticado por otros, expone en el siguiente texto con maravillosa simplicidad el trecho que existe entre lo que denomina la “inteligencia cerebral” y la “inteligencia del corazón”. Lectura obligada para quien pretende adentrarse en el conocimiento de la esencia del hombre y del funcionamiento de su mente superior.

esoterismo

El esoterismo no tiene nada que ver con una voluntad  de secreto, es decir, con un secreto convencional.

Si así fuera, deberíamos considerar que textos como el de las Pirámides de Egipto, los Vedas y Upanishads indios, el Tao-Te King chino, el Génesis de Moisés, los Evangelios y el Apocalipsis, por ejemplo, son grandes mistificaciones.

Si, pongamos por caso, la intención de los Evangelios era dar a los hombres una moral de honradez, y si el camino para llegar hasta el “Padre” era explicable, ¿por qué impedirnos esta meta hablándonos a través de parábolas? ¿Por qué esconderían estos textos lo que puede decirse abiertamente para ayudar a los miserables de este mundo? ¿Por qué una perversa necesidad de crear misterios, o “hipnotizar al pueblo”, como afirman los materialistas? ¿Por qué el pueblo de entonces era demasiado inculto comparado con el nuestro, tan inteligente? ¿O por qué estos profetas e inspirados divinos no sabían expresarse mejor?

Tenemos suficientes testimonios acerca de la inteligencia, de la gran Sabiduría e incluso del elevado grado de civilización alcanzado por los pueblos del pasado como para prestar atención a suposiciones semejantes.

Por otra parte, ninguna criptografía, ningún jeroglífico es absolutamente indescifrable. Es absurdo creer que textos como los que nos ha legado en abundancia el antiguo Egipto presentan un sentido esotérico basado  en este tipo de explicaciones, si este esoterismo puede expresarse por escrito. La criptografía y el jeroglífico, en la composición de un texto sagrado, no tienen otra intención que despertar el interés del lector, resaltar un aspecto del texto, guiar a fin de cuentas hacia su carácter esotérico. Lo mismo ocurre con los “juegos de palabras” y las parábolas.

El Esoterismo no puede ser escrito ni dicho, ni en consecuencia, ser traicionado. Hay que estar preparado para captarlo, verlo, escucharlo a su elección. Esta preparación no es un Saber sino un Poder y sólo puede adquirirse mediante el esfuerzo de la persona, una lucha contra sus obstáculos y una victoria sobre su naturaleza animal humana.

Existe una Ciencia Sagrada y desde hace milenios innumerables curiosos han intentado en vano penetrar sus “secretos”. Como si, con un pico, quisieran cavar un agujero en el mar. El instrumento debe ser el adecuado. Sólo se encuentra el Espíritu con el Espíritu y el Esoterismo es el aspecto espiritual del Mundo, inaccesible a la inteligencia cerebral.

Son charlatanes los que creen poder revelar el esoterismo de tal enseñanza. Pueden tratar de explicar el sentido subyacente de una palabra o una fórmula, o sea, un secreto convencional, pero, en la Ciencia Sagrada, lo único que podrán hacer será sustituir las palabras y de ello resultará, como máximo, mala literatura en lugar de una idea simple.

El verdadero Iniciado puede guiar a un discípulo dotado para ayudarle a recorrer el camino de la Consciencia más rápidamente, y el discípulo, que llegará a etapas de la Iluminación gracias a su propia Luz interior, leerá directamente el esoterismo de cualquier enseñanza. Nadie podrá hacerlo en su lugar.

 luz

Hay en el hombre una inteligencia cerebral innata, llamada “del corazón”, que resulta de la fusión por identidad de la naturaleza de la causa cósmica, contenida en su materialización, con esta misma causa en nosotros.

Como estamos situados “dualmente” ante la Naturaleza, la juzgamos objetivamente. El “pecado original” es la separación -y, en consecuencia, la oposición- de los aspectos complementarios cuya reunión constituye esta Unidad, así como los colores rojo y verde superpuestos forman el “sin color”.

En esta Unidad nuestra inteligencia cerebral no puede discernir nada, de aquí que la inteligencia cerebral no intervenga. Necesita la oposición: nosotros y el objeto, el hombre y la mujer, sí y no, día y noche, luz y sombra. Esta es la ley de todo organismo vivo, un balanceo incesante entre el nacimiento y la muerte, entre crecimiento y decadencia.

Los bastoncillos rojos y los conos de la retina en el ojo interceptan el color verde, neutralizan este color y provocan la reacción complementaria en el nervio óptico, el cual verá el verde por oposición al rojo.

La función cerebral se basa en un principio de cruzamiento; así por ejemplo, la parte derecha del cerebro rige normalmente la parte izquierda del cuerpo. Del mismo modo, una imagen concreta, la visión de un objeto evoca su cualificación o descripción cualitativa y esto se lleva con elementos abstractos, los cuales resultan a su vez de comparaciones.

A la inversa, a la inteligencia cerebral le es imposible concebir una abstracción sin definirla a través de una imagen concreta. Hay que estar atento para no confundir los momentos de inteligencia cerebral con los momentos de la Inteligencia del Corazón. Volveremos sobre ello. Siento el origen del Universo una misma y única fuente “energética”, hay, debido a esta paternidad, una comunión entre todas las cosas del Mundo. Hay un parentesco entre un mineral determinado, un vegetal, un animal y un hombre, que formará entre ellos un lazo de “naturaleza semejante” porque en último término sólo hay una serie simple de caracteres básicos de donde, por agrupamientos, nacen innumerables posibilidades, y éstas se clasifican en grandes familias con sus correspondientes subagrupamientos.

A pesar de la diversidad de razas humanas que constituyen una multitud de individuos muy variados, todos los hombres se organizan esencialmente del mismo modo. Una sola cosa les distingue: su nivel de consciencia, del cual deriva su dominio mental, su particular vida psíquica y sexual y, por consiguiente, sus afinidades.

El momento variable es, pues, de orden abstracto, pero en sus efectos es perfectamente observable y analizable.

La causa abstracta EN ESTADO DE GÉNESIS en el esquema humano concreto y aparentemente estable de su constitución orgánica escapa, por el contrario, al análisis racional. Es evidentemente una suma de experiencias puramente corporales lo que alimenta a esta Génesis, pero existe también una herencia en el individuo y los grupos. Todavía podemos hablar de adaptaciones fisiológicas, transmitidas hereditariamente, pero, sin embargo, siempre hay un momento incomprensible, el que impulsa hacia esta Génesis y, en suma, lo que podemos denominar la concentración informe en la semilla que transmite. Ahora bien, nuestro origen común no está tan lejos. No nos conduce a la “noche de los tiempos”; está siempre presente porque el hombre se nutre, directa o indirectamente, de todos los reinos por eso entra en comunión constante con su particularidad y -por el origen mineral- con la Energía cósmica de donde proviene todo.

Nos es totalmente imposible concebir en el cerebro algo que no pertenezca a la Naturaleza concreta, que no hayamos vivido a través de nuestro devenir corporal. El perro no puede comprender al hombre; puede constatarlo físicamente porque es físico, pero no puede comprenderlo, como tampoco puede comprender el molusco al caballo ni la planta al molusco. Esto es debido a que les falta el órgano cerebral necesario, pero, ¿qué hace este órgano? La planta que crece hacia lo alto, ¿comprende cerebralmente al cielo? Y, sin embargo, no se equivoca. Hay una inteligencia innata que es precisamente la Naturaleza característica de la Cosa. Y el hombre lleva consigo esta naturaleza innata: el mineral de sus huesos, el vegetal de los tejidos de sus órganos y el animal de la coordinación de sus órganos forman todo su laboratorio de asimilación y de transformación en ser independiente. Se resume con demasiada facilidad esta inteligencia innata con el nombre de “instinto”. No estará de más saber en qué consiste y de dónde procede.

 mente

La inteligencia cerebral depende de los sentidos, del registro de las constataciones de hechos y de la comparación de nociones. Ningún elemento de la inteligencia cerebral es abstracto y toda noción cualitativa o abstracta resulta de la comparación entre elementos concretos.

El ÓRGANO cerebral pasa por varias etapas. Para ello es preciso que el organismo desarrolle tres facultades: la de los sentidos, la del registro de las constataciones y la de la comparación de las nociones así registradas, es decir, la memoria. La Razón, de la que hablaremos más adelante, pertenece a un orden diferente. De momento nos referimos al animal humano. Los sentidos son los órganos de constatación de los “Elementos-Principios”. El tacto corresponde a la TIERRA, o sea, todo aquello que presenta obstáculos materiales a la materia del cuerpo. El viento es Tierra en su calidad de cuerpo, como el agua o la piedra. Los sentidos sólo pueden constatar al oponerse una resistencia a una actividad. El gusto corresponde al AGUA; no se puede probar nada que no esté un poco disuelto, ya se trate de un gas o de un sólido. Así pues, hay un principio. Agua en cada cosa. El olfato corresponde al AIRE, ya que no se puede oler nada que no sea volátil o volatilizado a través del calor por ejemplo. En cada cosa hay, pues, un principio Aire. La vista corresponde al FUEGO. Nada puede ser visto si no hay una irradiación al Fuego, como un hierro en la oscuridad que, calentado por una energía invisible, pasaría del rojo oscuro a un blanco deslumbrante.

El calor del fuego ordinario pertenece al tacto y no a la vista. Así pues, en todas las cosas visibles hay un principio Fuego.

El oído corresponde al Quinto Elemento, el VERBO, sensible físicamente, táctilmente, a través del sonido. Los cuatro sentidos llegan al cerebro; el quinto, el oído, llega al “Corazón” sin dirigirse directamente al cerebro. Es el sentido espiritual, puerta de la Inteligencia del Corazón.

Todo tiene sonido propio.

A través de los “Principios-Elementos”, todas las cosas se relacionan entre sí; las esferas por las que nuestra génesis humana no ha pasado todavía se nos escapan, mientras no podamos transformarlas y reducirlas al Principio-Elemento de las esferas de nuestra Inteligencia innata. Toda la instrumentación científica es una reducción de este tipo. Hay aspectos Fuego, Aire, Agua, Tierra que todavía no hemos vivido en los reinos que nos preceden. Es, pues, lógico admitir la existencia de un mundo que interpenetra el aspecto de las cosas sensibles actualmente para nosotros, constituído por los mismos “Principios-Elementos”, del mismo modo que hay rayos (los infrarrojos y los ultravioletas) que nuestros ojos no pueden percibir. Esto hace referencia a la posibilidad de extender la sensibilidad de nuestros sentidos, pero la existencia del oído ya nos permite creer en la existencia de un estado. PRINCIPIO o IDEAL, que correspondería, como los Princpios-Elementos, a Principios Formas.

El hecho mismo de que exista en el hombre, una vez superado el simple animal humano, la posibilidad de concebir abstracciones que la inteligencia cerebral no puede comprender, demuestra la existencia de un Mundo, paralelo al nuestro en cuanto a su constitución, pero completamente diferente en cuanto a su aspecto, su extensión y su génesis; esta génesis sería entonces génesis del Retorno, del mismo modo que, del Origen hacia nosotros, existe una génesis del Devenir corporal.

Si la inteligencia cerebral, que vemos desarrollada en el aspecto animal superior al hombre, está limitada por la frontera impuesta a los sentidos, la Inteligencia del Corazón es independiente y pertenece a este grandioso complejo que denominamos Vida.

El carácter fundamental de la Inteligencia cerebral es el haber nacido de la Dualidad, de la complementación, de lo que podemos llamar la SEXUALIZACIÓN DEL UNIVERSO. La calidad sólo se comprende a través de esta oposición de los complementos; por otra parte, la noción de Calidad, sólo existe en la Naturaleza, es decir, en el Universo dualizado.

La Calidad define la Cantidad y, a la inversa, la Cantidad, comparada con otra cantidad, define la Calidad. Toda noción considerada abstracta sólo existe si podemos limitarla mediante una cantidad. Podemos concentrarnos con palabras y decir, por ejemplo, “horizontes”, “eje” y construir frases con estas palabras; pero, cuando queremos analizar su sentido, debemos objetivarlas, porque en caso contrario nuestro poder cerebral queda bloqueado. La abstracción tiene que concretarse porque, si no, no podemos comprender.

Es típico el ejemplo de la palabra EJE, ya que esta noción, considerada como imaginaria, no puede imaginarse, es decir, objetivarse. (No hay que confundir el Eje con el cubo de una rueda).

Y, sin embargo, el eje se impone en todo el cuerpo rotatorio, Lo cual confirma la probabilidad de una inteligencia distinta a la de nuestras posibilidades cerebrales, puesto que nuestro mando corporal nos muestra la existencia indiscutible de funciones e incluso de formas que se nos escapan y se nos escaparán siempre disponiendo únicamente de esta herramienta cerebral.

Con el término “Inteligencia del Corazón”, empleado por los antiguos egipcios, designamos aquel aspecto del hombre que nos permite ir más allá de nuestra limitación animal y que constituye la característica necesaria del hombre humano para dirigirse hacia el Hombre Divino, es decir, al despertar de este principio Original que dormita en cada ser humano animado.

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La inteligencia del corazón es puramente función de conciencia vivida e innata.

El corazón sigue su ritmo, pero no porque un motor le obligue a ello, sino porque él mismo es el motor del circuito sanguíneo. Cada célula del corazón sigue este ritmo y la experiencia del Dr. Carrel ha demostrado lo que ya conocía la Sabiduría antigua respecto a la Inteligencia Innata y la Consciencia. Todo ser orgánico (e incluso cada célula de los organismos de un ser organizado) tiene una parte de la Vida general, que es su especificación personal. No es solamente el corazón del hombre el que bate rítmicamente como un motor: hay seres acuáticos que son como un gran corazón, podríamos decir, y representan e/ despertar de la Consciencia que será “Corazón”. Otra consciencia se hará hígado, otra pulmón, etc.: cada función tiene su órgano, el cual, comparado por ejemplo, con el mineral, aparentemente inerte, es la encarnación de una Consciencia, es decir, de una Función cósmica que ha recibido vida corporal. Sería un Museo más auténtico que nuestros Museos cadavéricos el que considerará como historia natural “la Evolución de la Consciencia o Devenir de la Vida”.

Cada cosa natural en el Universo es un jeroglífico de la Ciencia divina. Cada animal, cada especie de planta, cada grupo mineral es una etapa de la “toma de consciencia” de la Causa cósmica para desembocar en el organismo total fiel hombre humano, el Microcosmos —“el hombre a Su imagen”.

El todo, constituido de esta manera en un ser vivo, completo, es un lenguaje que habla, que se expresa sin cesar en la función viva, representando la base de la Inteligencia del Corazón, o sea, e/ hecho que mantiene relación con toda la Naturaleza y por consiguiente la CONOCE.

Este Conocimiento no es objetivo sino real. La Realidad es unión de la Consciencia con el objeto: hay identidad. Es la función vivida aisladamente e innata en el organismo la que forma la Inteligencia del Corazón. Es evidente, pues que hay que transcribir en la consciencia cerebral y objetiva lo que está en nosotros, estableciendo la relación de esta Vida en nosotros con la observación de esta Vida en la Naturaleza. Esto lo encontramos muy bien expresado por los antiguos egipcios. Se trata del conocimiento de la Magia sana y pura, que puede conducir rápidamente a la meta espiritual de nuestra vida, porque podemos evocar, por simetría entre los análogos, en el ambiente, la Consciencia del Corazón que dormita en nosotros.

 

Fuente: “Esoterismo y simbolismo” de R. A. Schwaller de Lubicz. Ediciones Obelisco. Barcelona, 1981.

Félix Hompanera V