La ley del amor y el servicio

Ago 04, 2014
Felix Hompanera V

Henry Thomas Hamblin nació en una familia londinense pobre. LLegó a convertirse en empresario y a tener éxito y fortuna, pero la muerte de su hijo de 10 años lo llevó a una depresión que marcaría la pauta para abandonarlo todo en busca de “la presencia divina”. Llegó a convertirse en un místico y ocultista muy importante del siglo XX.

A continuación te comparto un extracto de uno de sus textos en donde hace referencia a lo que llamó “La ley del amor y el servicio”:

El vivir por el espíritu y en el espíritu no es una cuestión de entendimiento meramente metafísico, sino que implica, también, vivir la propia vida conforme a ciertas leyes y principios. No podemos ser bendecidos y establecernos en la Eterna Sustancia si no vivimos en correspondencia con tales leyes.

La ley fundamental del universo es el amor: no afección sino dispersiva benevolencia. por esto quiero decir. entrega de uno mismo a la vida y a la humanidad.

Cuando aceptamos esa verdad, toda nuestra vida cambia. Tiene lugar un nuevo punto de vista radical y revolucionario, por la razón de que una idea tal es enteramente opuesta al tipo medio de conducta ordinariamente aceptada. El hombre común, frecuentemente, quiere recibir el máximo posible y dar lo menos que pueda en cambio. Ninguno que viva de acuerdo con el principio, o mejor dicho, sin principio, puede ser bendecido o establecerse en la Eterna Sustancia. Si es bastante fuerte y suficientemente astuto, puede tener éxito material, pero su vida no podrá ser bendecida, ni disfrutará de paz. Tendrá que librar una continua batalla que se acrecentará en amargor e intensidad con el correr de los días. Esto ocurre porque se viola la ley del amor y el servicio.

Tenemos que vivir obedeciendo la gran ley fundamental si aspiramos a que nuestra vida sea bendecida, armoniosa y pacífica. Esto fue perfectamente expresado en las palabras atribuidas a Jesús: “Es mayor bendición dar que recibir.” Esto significa que dar o servir gana bendiciones a aquel al que da y sirve. Por ello es que aquel que actúa así trabaja en armonía y correspondencia con la gran ley de la vida. Si una persona emplea las matemáticas según sus leyes, obtiene un resultado perfecto, pero si no lo hace de acuerdo con dichas reglas, su resultado no es satisfactorio y enteramente equivocado.

El desorden y la desarmonía, como también la inseguridad que reina en muchas vidas, son debidos a su actuación en contra de la ley del amor y el servicio. Progresan tratando de beneficiarse sólo a sí mismos, pero todo el tiempo roban su propia paz y felicidad, y todo aquello que hace la vida verdaderamente feliz y digna de ser vivida.

Nuestro principal propósito en la vida debería ser, realmente, dar el máximo que nos sea posible. Siempre pagamos un precio justo por la mercadería que compramos, y pagamos también un precio justo por un trabajo que se nos hace. Pero por sobre todo deberíamos dar en el servicio tanto como nos sea posible; y eso que demos se debe dar espontáneamente y con buena voluntad.

Aquellos que tienen que dedicarse a una tarea diaria, o que trabajan para poder vivir, como se dice comúnmente, deben hacer todo lo que puedan, y su acción debe desenvolverse inspirada en un espíritu de servicio a la vida y a la humanidad. Aquellos que tienen “medios suficientes” pueden, además, hacer obras altruistas. Hay mucho que está reservado a su esfuerzo, y deben hacerlo cumpliendo las leyes de benevolencia, caridad y servicio. Hasta los inválidos pueden hacer o manufacturar algo para los demás, y así podrían descubrir, para su propio gozo, la verdad que encierran las palabras antes citadas: “Es mayor bendición dar que recibir.”

Vivir conforme a la ley del amor nos demanda poner en práctica el perdón, la misericordia, la compasión, y que nunca alimentemos sentimientos tales como la envidia, rencor o dureza de corazón hacia nadie en el mundo. Si queremos tener acceso a la Realidad, debemos convertirnos en el amor mismo en palabra, pensamiento y acción. Esto implica no encontrarnos con quienes nos hieren. Éste es un sendero difícil, pero puede ser hollado por todos, y se hace cada vez más fácil a medida que lo vamos recorriendo.

Mucho tiempo me ha llevado aprender que la vida no es como parece, sino que es, en realidad, enteramente diferente. Ahora comprendo profundamente, como nunca pude hacerlo antes, que debemos aceptar el reino de los cielos como niños, sin preguntas, sin sofistería y sin duplicidad. Tarde o temprano tendremos que dejar de lado nuestra razón e intelecto y aceptar que las cosas espirituales sólo pueden ser discernidas espiritualmente. Esto significa que tenemos que ejercitar una facultad diferente, por la cual es posible conocer, por conocimiento directo, cosas que el intelecto nunca podría aceptar. Tan pronto como comenzamos a razonar nos alejamos de la verdad, y se hace imposible para nosotros comprenderla o aceptarla.Entonces nos parece absurdo e imposible que la vida pueda ser vivida conforme al amor y resignación, o que es posible vivir en el espíritu o por el espíritu. Sin embargo, si dejamos de lado el intelecto y tratamos de ejercitar nuestra facultad espiritual del conocimiento directo, recibimos vislumbres de dicho entendimiento. Esos vislumbres nos hacen entrever una vida de maravillosa libertad y vastedad. Comprendemos, entonces, que el hombre no sólo vive de pan sino de toda palabra que viene de la boca de la divinidad.

Temo no poder seguir adelante en mi explicación. Hablo de un gran misterio. tarde o temprano vosotros llegaréis a él, porque el velo que os separa se va haciendo cada vez más delgado.

Fuente: “Cómo curar el estado de conciencia que predomina en los tiempos difíciles”, Henry Thomas Hamblin. Ed. Kier, Buenos Aires, 1957.

Félix Hompanera V.