Mujeres trabajando

May 02, 2012
Felix Hompanera V

La mujer del nuevo siglo reconquistó los derechos que la cultura judeo-cristiana le arrebató hace aproximadamente 4,500 años. La mujer es la verdadera protagonista de la sociedad postmoderna. Su autonomía y su libertad sexual han dado como resultado un cambio considerable en su relación con ellas mismas y con los hombres. A nivel laboral y profesional, aún cuando están lejos de disfrutar de igualdad en el plano económico y social, las mujeres cada vez son más activas y se encuentran más cualificadas, sin embargo, siguen siendo los hombres quienes ocupan la mayor parte de los puestos de responsabilidad, su salario sigue siendo inferior y luchan para obtener un trato equitativo y ser reconocidas por su justo valor.

La Dra. Marie-France Hirigoyen, autora del libro “las nuevas soledades” (Paidós, 2008), afirma que “para las mujeres, el trabajo es una condición para realizarse, un medio de autoafirmación; mientras que los hombres tienden a considerar el trabajo de su mujer como una fuente de ingresos complementaria e incluso como un seguro en caso de perder su trabajo”.

A pesar de que algunos hombres ofrecen resistencia y aquellos que fueron educados de manera más tradicional rechazan la equidad, el aumento de poder de las mujeres en la sociedad es innegable. A muchos hombres les preocupa haber perdido el dominio histórico sobre la mujer porque temen no estar a su altura. La emancipación femenina los ha enfrentado a su propia vulnerabilidad y han tomado conciencia de su dependencia emocional por ellas. “Dicen querer a una mujer independiente pero les cuesta trabajo soportar esta autonomía. Si ella parece poder pasar de ellos se sienten relegados, y si ella se antepone, la consideran narcisista”, apunta la Dra. Hirigoyen. Es, precisamente, el sentimiento de vulnerabilidad de los hombres lo que los lleva a preferir la vida en pareja. Se sienten seguros en el esquema tradicional, por lo que buscan una mujer que “los atienda” y sea autónoma en relación a los gastos y los hijos, pero que dependa de ellos emocionalmente para estar seguros de poder conservarla. Por lo tanto, el que su mujer trabaje resulta ser una fuente de angustia permanente, ya que temen que existe el riesgo de que ella encuentre en su entorno laboral a alguien que le ofrezca más que ellos.

La angustia de estos hombres es producto de la sensación de ausencia de poder no sólo sobre la mujer, sino sobre su propio mundo interior. Y es que la identidad del hombre del siglo XXI debe ser producto del equilibrio entre dos fuerzas que nivel histórico habían estado polarizadas: debe hacer gala de su virilidad, pero también de su metrosexualidad; debe ser fuerte y a la vez comprensivo y condescendiente; debe ser protector, pero también saber expresar sus emociones abiertamente; debe ser proveedor de bienes materiales, pero también de estabilidad emocional.

Pero esta exigencia social, en ocasiones paradójica, no es privativa de los hombres. A las mujeres se les exige una conducta de excelencia en todas las áreas de su vida: deben ser las mejores parejas, las mejores amantes, las mejores madres, las mejores hijas, las mejores amigas y las mejores en su trabajo. Esta exagerada demanda de perfección, en buena medida producto de la influencia de los medios de comunicación, produce frustración en aquellas mujeres que buscan realizarse a nivel laboral, sentimental y familiar, ya que frecuentemente tienden a descuidar alguna de estas áreas por la presión que demandan las demás actividades. Y es que si bien las mujeres han conquistado su libertad y autonomía, no han abandonado el trabajo en casa. Por increíble que parezca, todavía existe un gran número de hombres que no realizan actividades domésticas y que consideran que el hecho de que la mujer trabaje fuera de casa no la aleja de su “responsabilidad” de atender la casa, los hijos y al marido.

Algunos hombres se sienten inseguros y temen perder su masculinidad en relaciones más igualitarias, porque la sociedad los preparó desde niños para ocupar un papel dominante y nunca dudar de su poder. Misma cultura que condicionó a las mujeres para ponerse al servicio de los demás y renunciar a su realización, por eso cada día más mujeres se sienten más cómodas en el camino de la soltería, aquel que les da más posibilidades de realizarse económica y profesionalmente aunque muy en el fondo todavía alberguen la esperanza de encontrarse con su “príncipe azul”.

La independencia financiera es una condición importante para la autonomía de las mujeres, pero no suficiente. Tarde o temprano, la mayoría de las mujeres se ven en la disyuntiva de decidir entre su familia y su trabajo. Aquellas que deciden disfrazarse de la “Mujer maravilla” tienden a anteponer las necesidades, deseos e intereses de los demás a los propios, situación que puede derivar en sentimientos de insatisfacción, frustración y vació interior asociados principalmente a enfermedades respiratorias, digestivas y cardiacas. Una vida familiar, de pareja y laboral equilibrada, es posible sólo cuando es producto de vínculos interpersonales equitativos que se basen en el respeto a la individualidad y que favorezcan el desarrollo existencial de todos los involucrados. Las diferencias naturales entre mujeres y hombres pueden (y deben) ser empleadas para multiplicar, no para dividir. De esa manera podremos desterrar de nuestro inconsciente colectivo las ideas oscurantistas que nos fueron impuestas y dar pasos firmes a la evolución individual y social.

Félix Hompanera V.

Publicado en la revista Mejores Empleos de mayo de 2012.