Érase una vez un niño…

Abr 10, 2012
Felix Hompanera V

La refresquera líder en ventas a nivel mundial lanzó recientemente una campaña publicitaria para su producto líder: “volvamos a jugar a que el mundo nos necesita”. Mediante imágenes conmovedoras y a la vez divertidas, logran que el espectador contacte con el niño que lleva dentro e intentan persuadirlo a que vuelva a sentirse un súper héroe.

No quiero sonar demasiado simplista, pero ese choro que seguramente escuchaste o leíste alguna vez sobre el niño interno tiene una alta dosis de verdad (dependiendo de la seriedad con que se aborde). La mente tiene la capacidad de “regresionarse” con mucha facilidad a etapas infantiles. Esta regresión puede darse de manera consciente y voluntaria, como si decidieras celebrar tu cumpleaños número 35 con tus amigos en un parque de diversiones, o de forma inconsciente, como cuando le haces un berrinche a tu pareja porque, según tú, le hace más caso a sus amigos que a ti. Estas regresiones de la adultez a la etapa infantil son más frecuentes de lo que imaginan la mayoría de las personas y pueden ser activadas por diversas situaciones, la mayor parte de ellas íntimamente ligadas al mundo emocional.

No pretendo utilizar este espacio para abundar en la forma en la que funcionan estos mecanismos psíquicos, sino para reflexionar acerca de tu cercanía voluntaria con esa parte infantil que vive —y vivirá— en tu interior. Sin importar tu historia personal y las circunstancias que te rodearon cuando eras niño o niña, posees habilidades que pueden convertirse en un auxiliar para encarar las responsabilidades, toma de decisiones y manejo de las presiones que demanda tu vida adulta.

Por ejemplo, recuerda vivir el momento como cuando eras niño. En esa etapa no estabas atorado situaciones del pasado ni angustiado por un futuro incierto, gozabas construyendo castillos imaginarios con una caja de cartón vacía y te batías a duelo con dragones imaginarios usando una rama de árbol seca como espada. Lo que los demás dijeran de tu ropa y tu arreglo personal, no era importante. Sólo te importaba sentirte cómodo y divertirte. La amistad era uno de tus más preciados tesoros, tus amigos y tú se querían por lo que eran no por lo que aparentaban. Se cuidaban, protegían y apoyaban incondicionalmente, eran los mejores cómplices cuando las cosas estaban bien pero sobre todo cuando estaban mal. Te comportabas con naturalidad, eras tú, sin poses ni máscaras. Decías lo que pensabas y hacías lo que sentías. Tus ganas de explorar el mundo te llevaban a vivir las aventuras más increíbles, reconocías tu esfuerzo y aprendías de tus errores sin recriminarte. Tu actitud no era rígida ni tu vida predecible. Cada día abría la posibilidad de aprender algo nuevo, pero sobre todo de asombrarte por tus descubrimientos. Te divertías y si algo te aburría lo dejabas y pasabas a otra cosa sin tomarte las cosas muy a pecho, pero eso sí, no abandonabas tus empresas a la primera. Te enfrentabas a los obstáculos confiando en tus capacidades y en que recibías el apoyo de quienes te rodeaban, si fallabas volvías a intentarlo una y otra vez hasta que lo lograbas. Si las cosa se tornaban complicadas no sentías empacho en pedir ayuda hasta alcanzar el objetivo. Abandonabas las cosas que no eran para ti sólo después de conseguirlas, no antes de siquiera intentarlo por miedo o desconfianza en ti mismo. Tu creatividad era ilimitada y cualquier momento, lugar y circunstancia era ideal para echarla a volar. Hacías locuras, no estupideces. Eras feliz con lo que eras y con lo que tenías.

En algún lugar del camino hacia la adultez se perdieron estas y otras cualidades. Tu inclusión en la sociedad logró que se desvanecieran en la búsqueda de ti mismo. Cualquier momento es adecuado para reconciliarte con tu infancia e integrarla a tu experiencia de vida actual, como el escritor estadounidense Joseph Keller que afirmó: “he llegado por fin a lo que quería ser de mayor: un niño.”

Félix Hompanera V.

Publicado en la revista Perzonal en abril de 2012.