La tolerancia es el camino

Sep 22, 2010
Felix Hompanera V

Era de esperarse la gran polémica que surgiría tras el fallo de la Corte a favor de la adopción de infantes por parte de parejas del mismo sexo en el Distrito Federal. Diversidad de opiniones se han vertido sobre el tema en los medios de comunicación, en las redes sociales y en las charlas informales. Nadie puede estar ajeno a un tema que involucra directamente a uno de los sectores más vulnerables de la sociedad y que es un pilar de su porvenir: la niñez.

De todo lo que he leído y escuchado sobre el tema, creo que no hay opiniones buenas ni malas, sino puntos de vista responsables e irresponsables, objetivos y subjetivos, vicerales y racionales. Como ciudadano mexicano y habitante de la Ciudad de México, tengo una opinión sobre el tema que me gustaría exponer en este espacio abierto a la reflexión, a la diversidad, al diálogo y al intercambio respetuoso de ideas.

El análisis personal que realicé sobre el tema abarca diferentes aristas que creo que debemos considerar a la hora de tocar un tema como este de manera responsable. Como siempre, la mejor opinión será la tuya, pero te invito a que reflexiones sobre una decisión tan trascendente para nuestra sociedad.

Para comenzar, cito textual el párrafo tercero del Artículo 1º de la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos: “Queda prohibida toda discriminación motivada por origen étnico o nacional, el género, la edad, las capacidades diferentes, la condición social, las condiciones de salud, la religión, las opiniones, las preferencias, el estado civil o cualquier otra que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas.” Es decir, TODOS Y TODAS somos considerados IGUALES en el máximo órgano legislativo de este país, lo cual quiere decir que, sin excepción, tenemos los mismos derechos y obligaciones.

Después de leer esto me pregunto si nuestros legisladores y magistrados no le han dado suficiente importancia a este párrafo de la Constitución que está a punto de cumplir 100 años que fuera escrita, ya que hasta 1953 las mujeres pudieron ejercer su derecho al voto; aún no existe una normativa que obligue a la construcción de rampas para minusválidos ni facilidades para su mejor tránsito en la vía pública; apenas el sexenio pasado comenzó a permitirse la verdadera libertad de expresión en los medios de comunicación para exigir cuentas al Estado sobre lo que hacen con nuestros impuestos; no existe una normativa que impida a las empresas rechazar las solicitudes de empleo de personas mayores de 35 años; 50 millones de mexicanos carecen de salud, educación y vivienda dignas, etc. Luego entonces, no siempre hemos sido tratados como iguales todos los mexicanos ni hemos tenido los mismos derechos y obligaciones, ¿verdad?

El Artículo 4 de la Constitución, decreta que “el varón y la mujer son iguales ante la ley” y en él se favorece la elección sobre la formación de su familia de manera “libre”. En ninguna parte ostenta que la orientación sexual de los varones y las mujeres a los que se refiere deba ser heterosexual. Por lo tanto, todos los varones y las mujeres de este país, se sientan sexualmente atraídos por personas de su mismo sexo o no, gozan de las mismas garantías individuales y de la libertad de unirse en matrimonio (apenas legalizado en febrero de 2010 en el Distrito Federal), así como de la posibilidad de formar una familia si así lo desean (esto es lo que favorece la adopción por parte de parejas del mismo sexo recientemente aprobada).

No soy abogado y quizás mi interpretación de las leyes no sea la adecuada, pero no se necesita ser un erudito para saber que lo que hicieron los magistrados es usar el sentido común y actuar con base en la ley. Ahora bien, que no fuera legal este tipo de adopción no quiere decir que no existan parejas homosexuales que crían hijos, y al legalizarla, precisamente, se puede regular y encuadrar en procedimientos en donde todos los involucrados se vean beneficiados. Es como el tráfico de drogas: tampoco es legal, pero su existencia es evidente. Al legalizarlo, se regularía y controlaría fiscal, financiera, judicial y socialmente. Realizar campañas para prevenir el consumo nos costaría menos y mataría menos personas que la famosa “guerra contra el narco”.

Pero las leyes no son las únicas en intervenir en este asunto, también lo hacen las creencias religiosas. La iglesia católica apostólica y romana, la que tiene el mayor porcentaje de feligreses en México, ha manifestado abiertamente su inconformidad en el tema. Al grado de anunciar públicamente que se unirá con la iglesia evangélica para rechazar a los homosexuales, además de negarse a impartirles cualquiera de los sacramentos.

A no ser que el “poder legislativo celestial” haya modificado “los mandamientos de la ley de Dios” sin que su servidor estuviera enterado, en ninguno se prohíbe tener una orientación sexual diferente a la heterosexual, al contrario, hacen referencia al amor, el respeto y el honor que debe imperar entre los seres humanos. Pero tal parece que los jerarcas de la iglesia no entraron a esa clase de catecismo, porque es lo que menos practican.

Claro, no podríamos esperar más de aquellos que históricamente han discriminado,  perseguido, robado, calumniado y asesinado intelectuales, científicos, artistas, políticos, filósofos, mujeres, homosexuales, indígenas, aborígenes, pobres y a todo aquel que se ha interpuesto a sus intereses, abanderados con la figura de uno de los hombres más sabios que han pisado este planeta y que, entre muchas de sus virtudes, se destacó por ser ejemplo de congruencia, humildad y amor.

Las minorías no sólo han sido tratadas por el Estado como ciudadanos de segunda, sino también por la iglesia. Permíteme esta reflexión por medio de un simple silogismo:

Dios es perfecto, Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza, por lo tanto, el ser humano es perfecto. Simple ¿no? Al discriminar a la mujer, al homosexual y al librepensador en general dentro de su doctrina, la iglesia católica niega la perfección de Dios que tanto predica. Es decir, si Dios permite que existan, no pueden ser un error, Dios no se equivoca ¿verdad? Entonces, ¿por qué sus “representantes en la Tierra” los han castigado considerándolos “un error de la naturaleza”, “brujas”, “herejes”, “enfermos”, etc.?

El tipo que trabaja de Arzobispo de Guadalajara, declaró públicamente lo siguiente a raíz de que la corte dio su falló: “el gobierno del D. F. ha creado leyes destructivas de la familia que hacen peor daño que el narcotráfico”. Desde este humilde foro que busca enaltecer la dignidad del “ser” humano, le pregunto al señor arzobispo:

¿Acaso la discriminación no hace más daño a la sociedad? ¿Acaso violar niños en nombre de Dios no destruye vidas, familias y sociedades enteras? ¿Acaso favorecer la ignorancia no daña más a la sociedad? ¿Acaso aprovecharse de los pobres vendiendo indulgencias no es un motivo de lástima para una sociedad? ¿Acaso la iglesia no asesinó en total impunidad a quienes creían que podían impedir su expansión, tal y  como lo hace el narcotráfico? ¿Acaso por sus arcas nunca ha pasado dinero del crimen organizado? ¿Acaso no han bendecido guerras como las cruzadas y la conquista de América, así como hoy bendicen a los sicarios antes de salir a las calles a matar? ¿Acaso si hubieran cumplido exitosamente con su tarea de brindar un refugio espiritual real a los jóvenes, éstos estarían buscando llenar esos huecos con alcohol, cocaína y anfetaminas? ¿Acaso es congruente obtener poder y riqueza a nombre de un hombre que sólo tenía una túnica y unas sandalias, que vivía entre pobres y trataba con absoluta dignidad a todo quien se le acercaba, bien fueran prostitutas, ministros, leprosos o ladrones?

Quizás el arzobispo y quienes piensan como él no se han dado cuenta de las divisiones sociales que ha producido su iglesia, como quizás no receuerden que vivimos en un Estado laico y las únicas leyes sobre las que la iglesia tiene ingerencia son las “divinas”. Aunque tal parece que la confusión es generalizada, ya que algunos políticos están gobernando con la biblia y no con la constitución. Tal es el caso del gobernador de Guanajuato que acusó de “asesinas de hijos” a aquellas mujeres que en pleno uso de la libertad que les profiere el Artículo 4º de la Constitución, decidieron interrumpir su embarazo por el bien propio y de su familia. Probablemente su fanatismo religioso habrá impedido que se dé cuenta de que el daño que está haciendo a los hijos vivos de estas mujeres, es mucho peor que el que proferido a un producto nonato.

Por otro lado, los detractores de la adopción por parte de parejas del mismo sexo argumentan que el daño psicológico que sufrirán esos niños es terrible. Pareciera ser que este es el rubro donde existe mayor controversia y donde puede haber mayores repercusiones negativas.

En los últimos días he escuchado la opinión de psicólogos e importantes psicoanalistas sobre el tema. La mayoría de ellos se manifiesta en contra de la ley y sostienen argumentos clínicos, en algunos casos irrefutables y en otros cuestionables, sobre la confusión en la formación de la personalidad de los niños y niñas adoptadas por parte de padres del mismo sexo.

Yo creo que los problemas en la formación de la personalidad de los hijos radican en los padres, sean del sexo que sean y con la orientación sexual que sea. Cualquier pareja disfuncional provoca daños profundos en la mente de sus hijos. Las familias disfuncionales forman sociedades disfuncionales. La historia no me deja mentir, es contundente. Simplemente hay que echarle un vistazo a nuestra sociedad para darnos cuenta del daño que han hecho los padres disfuncionales a sus hijos y como inevitablemente van repitiéndose de generación en generación si no son intervenidos psicológicamente.

Centenas de millones de padres heterosexuales les han arruinado la vida a sus hijos (diciéndoles, además, que lo hicieron por su bien y por lo mucho que los quieren), ¿por qué resulta tan difícil dar la oportunidad a las parejas homosexuales para que lo intenten en un marco de legalidad? Como sociedad deberíamos apoyarlos para que su labor fuera menos compleja de lo que puede parecer, sin embargo, la sociedad es la primera en condenarlos y rechazarlos.

A propósito de esto, y es donde creo que radica el principal problema, el Instituto Mexicano de Pediatría y la Facultad de Psicología de la UNAM realizaron diversas investigaciones sobre el tema y descubrieron que lo que realmente puede afectar al infante adoptado por una pareja del mismo sexo es “la realidad social y cultural en torno a la aceptación de este tipo de parejas”.

Es decir, el verdadero problema al que se enfrentarán las familias compuestas por padres homosexuales es a las burlas por parte de otros niños en la escuela, al rechazo de otros padres de familia, a la discriminación por parte de ministros religiosos, a la expulsión de grupos sociales, etc. Por lo tanto, el meollo de todo este asunto es la intolerancia de una sociedad ignorante que no acepta a todo aquel que se atreva a ser diferente y a vivir de acuerdo a sus preceptos, y no a los que dictan los “debeísmos” sociales.

Una cosa es que es que estemos de acuerdo o que compartamos una interpretación del mundo, pero otra que marginemos a quienes no piensan y/o actúan como nosotros. Buena parte del éxito de los países desarrollados radica en la tolerancia, pero en México existe un arraigo a ideas arcaicas y estúpidas que detienen el progreso social y la evolución individual.

El que se permita que las parejas homosexuales adopten, no quiere decir que lo hagan. El que se permita que contraigan matrimonio civil, tampoco. ¿Cuántas parejas heterosexuales deciden no tener hijos y/o no casarse? El que el Estado busque igualdad de oportunidades para todos y para todas es lo trascendente y digno de celebración. En vez de gastarse 1,400 millones de Pesos en el circo del bicentenario, deberían invertirlos en educación para que la convivencia entre nosotros sea mejor y nos sintamos verdaderamente privilegiados de vivir en este país.

En lo personal, y desde la tribuna de los librepensadores que carecen de preferencias políticas y religiosas, me siento orgulloso de pertenecer a una generación de cambios. Todos los comienzos son difíciles porque debemos aprender de nuestros errores y son pocos los aciertos que se cometen, sin embargo, vale la pena intentarlo y comenzar a dar pasos hacia delante. Nuestra democracia está en pañales después de 200 años de independencia, pero si como individuos buscamos sumar en lugar de restar, dejaremos de dividirnos como sociedad y el bienestar de todos y todas se multiplicará.

Así pues, te invito a que reflexiones sobre el rol que te toca jugar en esta historia, ya que si quieres que tu pareja y tus hijos sean incluidos socialmente, es decir respetados y tratados como iguales, tendrás que comenzar a aceptar la diversidad y el derecho de encontrar un lugar en el mundo donde seamos tratados con dignidad a pesar de nuestras diferencias. Como dijo John F. Kennedy: “Si no podemos poner fin a nuestras diferencias, contribuyamos a que el mundo sea un lugar apto para ellas.”

Félix Hompanera V.