¿El amor se negocia?

Ago 18, 2010
Felix Hompanera V

Recientemente escuché a alguien decir que las cosas del corazón no son tratos de negocios y al hablar de ellas se deben evitar las palabras como “acuerdos”, “intereses”, “negociación”, “beneficios mutuos”, etc. No es la primera mujer que sé que considera peyorativo utilizar este tipo de términos cuando se habla sobre “algo tan especial como una relación sentimental”. ¿Será que el amor no se negocia?

Los individuos que conforman una pareja, sea heterosexual u homosexual, tienen motivaciones tanto conscientes como inconscientes para desear estar juntos. Las primeras pueden ser las más convencionales: la atracción física, el entendimiento, los ideales, la afinidad en términos conductuales, académicos y/o culturales, etc. A pesar de que esto es importante, no deja de ser más que la punta del iceberg. Quizás el verdadero deseo por estar con alguien surja de los rincones más oscuros de nuestro inconsciente.

El gran filósofo alemán Arthur Schopenhauer afirmó que “el ser reside en la especie más que el individuo”, es decir, lo que las personas buscamos es preservar la especie por medio de una pareja apta para ello, mucho antes que enamorarnos y compartir la vida con alguien. Se dice que el hombre encuentra atractivas las caderas de la mujer por el pensamiento inconsciente de que en su interior se gestará su prole, por lo tanto, encuentra más atractivas a las mujeres con caderas prominentes. Mismo caso con el busto, mientras mayor, mejor alimentados serán sus hijos. En tanto, la mujer encuentra atractivas las manos del varón como sinónimo simbólico de su capacidad para el trabajo y la manutención de la familia; así como las nalgas, como el símbolo de la potencia sexual que garantizará la mejora y conservación de la especie.

Por su parte, la neuropsicología ha determinado que no existe ningún programa en el cerebro que predetermine al ser humano a la vida en pareja y/o a la fidelidad. En realidad los seres humanos estamos programados de origen con fines reproductivos, el resto no son más que inventos sociales para lograr una convivencia más ordenada.

Una vez que desaparece ese estado alterado de consciencia que conocemos como enamoramiento, comienza la verdadera convivencia entre dos individuos que pretenden consolidar una pareja con una buena parte de su naturaleza en contra. El enamoramiento se desarrolla a nivel físico y como todos los procesos físicos (la digestión, por ejemplo), tiene un inicio y un final: comienza con una descarga química de dopamina en el cerebro y termina con la recuperación de la consciencia. Literalmente, es igual que la sensación de emborracharse que termina al despertar al otro día y volver a la realidad.

La única manera de seguir adelante es por medio del amor, pero tampoco es una garantía, ya que, en palabras de Schopenhauer, “la intensidad del amor crece conforme se individualiza”; es decir, el amor de pareja existe a partir de que se recupera del otro el amor por uno mismo…

Para muchas parejas, la realidad que ven después del enamoramiento no es agradable y deciden terminar la relación. Otras tantas, claudican en la individualización del amor y manipulan al ser “amado” para que llene ese vacío emocional que se sienten incapaces de llenar por ellas mismas. Pero las pocas que superan esta etapa lo hacen, en buena medida, debido a su comunicación asertiva. Ese tipo de comunicación que permite al ser humano fijar y ponderar límites, dar y exigir respeto, expresarse con claridad y honestidad, diferenciar entre las necesidades propias y las de su pareja, favorecer el intercambio de opiniones y la búsqueda de puntos de convergencia que mantengan el interés por continuar compartiendo la vida con el otro.

No sé cómo lo veas tú, pero en mi opinión, desde esta perspectiva no existe ninguna diferencia entre la manera de entablar relaciones de pareja duraderas y funcionales, que al hacerlo con un cliente, socio o proveedor; o bien, con cualquier familiar, vecino, compañero, amigo, gobernante, etc.

El amor romántico es una cosa muy diferente al amor funcional. El primero se alimenta de poemas, rosas y caricias; el último lo hace de la negociación permanente del interés y el disfrute de quienes pretenden estar juntos. Todas las parejas son diferentes y depende de cada una determinar qué y cómo se negocia. Para que esto funcione es necesario exponer de manera clara la postura de ambos, abrirse para encontrar puntos en común y respetar los acuerdos. Si los integrantes de la pareja no se encuentran en  el mismo nivel de madurez emocional, la relación será disfuncional y nociva. Lo cual no es tan desastroso, si se interpreta como una magnífica oportunidad para desarrollarse. Como dijo el mismo Schopenhauer: “cada cual ama, precisamente, lo que le hace falta”.

Félix Hompanera V.