Miedo a la soledad

May 28, 2010
Felix Hompanera V

“No es bueno que el hombre esté solo”, decía mi madre parafraseando algún pasaje de la Biblia (o al menos eso creo). Nunca me explicó por qué la soledad es mala, pero para ella y un inmenso número de personas representa el desamor, el abandono y la falta de aceptación por parte de los demás, aunque, principalmente, el rechazo por nuestra persona venga de nuestro interior y se refleje en nuestro entorno.

Si bien se afirma que somos seres sociales, este interés por socializar se da a partir de los siete años (según las teorías de Piaget). Hasta esa edad los seres humanos somos puramente egocéntricos, estamos centrados en nosotros mismos y nos sentimos y actuamos como si fuéramos el centro del mundo. En otras palabras, nos dedicamos a reconocer nuestras propias necesidades y a buscar la manera de satisfacerlas. Condición que en la medida en la que crecemos puede modificarse, a tal grado, que satisfacer las necesidades de otros en búsqueda de su aceptación se convierte en una de nuestras necesidades prioritarias.

Cerca de los siete años de edad aparece el sentimiento de amistad, y con él comenzamos a afanarnos en llamar permanentemente la atención de los demás y a buscar su reconocimiento. Obtenerlo o no, es factor clave para que nuestra vida cobre sentido a partir de él, del hecho de estar con otros y ser aceptado por ellos. Pero como nadie somos “monedita de oro”, tenemos que comenzar a modificar nuestra conducta para poder ser incluidos en ciertos grupos sociales. Por lo tanto, comenzamos a buscar nuestra identidad influidos por el ambiente donde crecemos.

Como parte de nuestro proceso de socialización, surge el miedo a la soledad y junto a él, se desarrolla el miedo a la muerte, ya sea física o simbólica: el ser rechazados por alguien o borrados de su mente implica directamente soledad, vacío e inestabilidad que implica la activación de ese recuerdo inconsciente de muerte. Tal parece que esto nos lleva a estar siempre en búsqueda de otros que puedan despertar en nosotros los sentimientos de amor, amistad, alegría, etc., que “alejen” de nuestra consciencia el miedo a la muerte inherente a nuestra naturaleza y provocador de angustia.

No cabe duda de que el miedo a la soledad también se encuentra íntimamente relacionado con nuestra historia personal. Si fuimos criados en una familia en la que sus miembros se significan a través de la compañía, la aceptación y el reconocimiento de los demás, sus sentimientos hacia la soledad serán superiores a los de una persona que creció en un hogar donde se existía la creencia de criar personas auténticas, libres y que son valiosas por el simple hecho de ser ellas mismas.

Carl Rogers se refería a estas últimas como familias que educaban por medio de la “aceptación incondicional”. Es decir, no importa si mis hijos no son lo que yo quiero, lo que a mí me gusta y/o lo que a mí me conviene, de cualquier manera los amo y se los demuestro apoyando incondicionalmente la consecución de sus sueños, alimentando su autoestima, ayudándole a descubrir sus propios recursos internos para lograr su realización y fomentando en ellos la exploración del mundo calculando el riesgo y aceptando la responsabilidad en las decisiones tomadas. Algunos padres satanizan la soledad por relacionarla con el abandono y otros la fomentan por relacionarla con un medio para conocerse y significarse como ser humano.

Si creciste en un entorno donde la soledad no es aceptada, es probable que te cueste trabajo manejarla y busques continuamente la compañía de familia, amigos y/o parejas que disimulen el temor a estar contigo mismo. Es probable que prefieras estar con personas que no aportan nada positivo a tu vida, e incluso hasta participar en relaciones abusivas, con tal de eludir a toda costa la carga social e individual de reconocerte sólo.

Lo maravilloso del concepto Rogeriano de “aceptación incondicional”, es que puede ser aplicado a nosotros mismos, no tiene que ser algo exclusivo de la crianza de hijos. Piénsalo. Son sólo dos palabras, pero con una profundidad increíble. ¿Realmente te aceptas incondicionalmente?

Quizás sea tema de otro post hablar de lo que implica la aceptación de uno mismo, pero me gustaría dejarte una pregunta de reflexión: si no eres capaz de aceptarte incondicionalmente, ¿con qué cara le exiges a los demás que lo hagan? ¿Realmente otras personas estarán interesadas en hacerlo? ¿Será su obligación ser tus incondicionales?

Dicen que los miedos son individualmente experimentados, socialmente construidos y culturalmente compartidos. El miedo a la soledad es muy común y continuamente confundido con amor a otros, cuando en realidad se teme a estar con uno mismo.

No es lo mismo “estar solo” que “sentirse solo”, “quedarse solo” que “buscar estar solo”. Todos necesitamos de un espacio de soledad y no por eso nos encontramos aislados de la sociedad. Todos necesitamos de los demás y no por eso tenemos que ser dependientes a ellos. Buscar el equilibrio interno que nos da el auto-conocimiento y la auto-aceptación, es tarea de todos los días y requisito fundamental para construir un vínculo sano y positivo con uno mismo y con los demás.

Félix Hompanera V.