Exclusividad emocional

Feb 10, 2009
Felix Hompanera V

La exclusividad es uno de los atributos más preciados en la actualidad a la hora de elegir un producto, servicio y/o marca: significa que ese artículo es sólo para mí, por lo tanto, me hace sentir único. Cientos de marcas en todo el planeta invierten grandes cantidades de dinero en desarrollar productos exclusivos que otorguen un valor adicional a la marca y un alto reconocimiento social a sus clientes.

Pero la exclusividad no es solamente un asunto de productos de consumo, estrategias de mercado y competencia por generar utilidades, también es frecuente encontrar personas que pretenden “adquirir la exclusividad” de que quienes les rodean, con la finalidad de sentirse seguros y tener el control sobre la satisfacción de sus necesidades.

Es muy común encontrarse con grupos de amigos que impiden que los miembros del grupo se relacionen con otras personas ajenas a él. Existen familias que “atan a sus enaguas” a todos sus miembros y prácticamente eligen conforme a sus intereses, a los “extraños” que pretenden incorporarse a la dinámica familiar (novios, amigos, prometidas, etc.). Personas que demandan que su pareja, además de serle fiel, evite el contacto con otras personas y frecuente otros círculos sociales. Padres que creen que nadie va a querer, respetar, cuidar y proveer a sus hijos mejor que ellos. Religiones que evitan que sus feligreses tengan contacto con el mundo real para no ser “contaminados por el demonio”.

Esa “exclusividad emocional”, tiene su origen en una excesiva necesidad de control que se genera, la mayoría de las veces, durante la infancia. Habitualmente, los padres son los encargados de garantizar la seguridad de los hijos y de satisfacer sus necesidades primarias. No obstante, esta confianza pudo verse entorpecida porque los padres, por ejemplo, fueron sobreprotectores o violentos, porque fueron muy severos con ellos o les transmitieron inseguridad, reprimieron sus emociones y/o su creatividad o los sobrecargaron de expectativas…

Cuando estos niños se convierten en adultos compensan su inseguridad aumentando sus mecanismos de control:

Si no se sienten seguros del amor de su pareja, intentan observar y controlar sus reacciones cuando están juntos y, en especial, cuando no lo están: llaman constantemente, “aparecen si querer” en el lugar en donde está reunido con sus amigos, manifiesta su desagrado por su familia y/o amigos y le hace ver todas los “beneficios” que obtiene al estar a su lado, etc.

Si no se sienten seguros de las competencias y habilidades de sus colaboradores, controlan su trabajo: difícilmente delegan responsabilidades, exigen perfección, presionan en exceso para que las cosas estén listas a tiempo, normalmente señalan más los defectos que las virtudes, rivalizan con otras áreas de la empresa, etc.

Si no confía en la responsabilidad de sus hijos, controlan su intimidad y su derecho a decidir: no les permiten salir con personas que no autoricen los padres, revisan sus pertenencias, el contenido de su computadora y las llamadas telefónicas; se “alían estratégicamente” a los amigos más cercanos para proveerse de información sobre la conducta de sus hijos; se encargan de bloquear el desarrollo financiero de sus hijos, etc.

Pero lo más importante todavía, si no están seguros de su valía como persona, intentan controlar la impresión que dejan en los demás en todo momento: aspiran a la perfección en su manera de peinar, de vestir, de caminar, de hablar, de callar, de ligar, etc.

Cuando los controladores detectan que ya no son suficientes estos argumentos para mantener el control, se victimizan y su arma predilecta es el chantaje: se enferman “gravemente” y sin ningún motivo, lloran, fingen estar deprimidos por la situación, muestran repentino interés en cosas que siempre criticaron y juzgaron de la persona, prometen que van a cambiar, etc.

Las personas que demandan la exclusividad de los demás pagan un precio muy alto por el afán de tenerlo todo bajo control: nunca están satisfechos ni de su trabajo ni del comportamiento de los demás (especialmente de las personas más cercanas a ellos), mucho menos de ellas mismas; por lo que desgastan tanto sus relaciones interpersonales que tienden a quedarse solas.

La única manera de superar la necesidad de controlar, es detectando el problema con humildad, reflexionar si es necesario controlar al mundo para que funcione, hacerse consciente de los propios límites, emplear la creatividad para buscar flexibilizarse y abrirse a la improvisación, permitir que los demás tomen la responsabilidad de su propia vida y limitarse a tomar la propia, “darse permiso” para equivocarse y, aunque suene redundante, aprender a controlar el deseo de controlar.

Félix Hompanera V.